Cuarto día de la novena del profeta San Elías

  • Canto:

Antes que te formaras
dentro del vientre de tu madre
antes que tú nacieras
te conocía y me consagré.
Para ser mi profeta
en las naciones yo te elegí
irás donde te envíe
y lo que te mande proclamarás.

Tengo que gritar, tengo que andar,
ay de mí si no lo hago
cómo escapar de Ti, cómo no hablar
si tu voz me quema dentro.
Tengo que arriesgar, tengo que luchar
ay de mí si no lo hago
cómo escapar de Ti, cómo no hablar
si tu voz me quema dentro.

No temas arriesgarte
porque contigo yo estaré,
no temas anunciarme
porque en tu boca yo hablaré.
Te encargo hoy mi pueblo
para arrancar y derribar
para edificar, destruirás y plantarás.

  • Salmo 1:
Somos como los primeros discípulos de Jesús
decimos, Señor, que queremos seguir a tu Hijo
pero nos empeñamos tercamente en que él venga por nuestros caminos.
Así le pasó Elías, se empeñó a quedarse acostado, sin querer a caminar como le indicaba el Padre.

Queremos estar con él, no queremos renunciar a su compañía
pero tampoco queremos renunciar a nuestros proyectos
y pretendemos que él se acomode a ellos.
Señor, vergüenza nos da decirlo, pero gran parte de nuestras oraciones
no son sino una puja machacona y obcecada
para que digas que sí a nuestros planes.

Y en definitiva lo que queremos es unir el seguimiento de tu Hijo
con la vida segura y la honorabilidad social
o con la lucha contra los enemigos y el triunfo total sobre ellos.
Tenemos la misma pretensión que tuvieron los apóstoles
Así le pasó al pueblo en la época de Elías, querían
seguir a Dios y a los baales.

Tu Hijo los desengaña: los jefes lo han rechazado
lo perseguirán y acabarán matándolo.
Su camino pasa por ahí
el seguimiento no puede ahorrarse ese trago.
No podemos huir como el profeta Elías, por miedo
a las amenazas, a perder la vida
dejar el proyecto del Reino que presenta Jesús  y escondernos.

Hay que estar dispuesto incluso a soportar la tortura
en el seguimiento uno se juega la vida.
Si queremos conservarla a toda costa
no podemos seguir a tu Hijo.
Si nos avergonzamos de su falta de poder
no somos dignos de él, no valemos para seguidores.

Eso nos dice Jesús clara y abiertamente
Y nosotros no le replicamos, pero tampoco le hacemos caso.
Somos, Señor, como los apóstoles
Ellos no se convencieron del camino que Jesús les proponía
ni cuando subieron con Jesús a tu monte santo
y le vieron con tu misma gloria
y oyeron a Moisés y Elías hablar de su Pascua en Jerusalén
ni aún por esas señas aceptaron el camino que Jesús les proponía.

Ni siquiera cuando entraron en tu nube
y sintieron el terror del peso de tu santidad
y caídos por tierra y ciegos escucharon tu voz
que les pedía escuchar a tu Hijo
ni siquiera entonces se convirtieron de sus pretensiones
dejaron su propio camino y siguieron obedientes a Jesús .
Ellos siguieron esperando a Elías y su espada vengadora
que pusiera todo en orden a sangre y fuego.

Señor, ni el éxtasis más sublime sirve para cambiar el corazón
si el corazón no quiere abrirse.
Los apóstoles en el monte se quedaron anonadados
pero no vencidos ni convencidos por ti.

Entonces, Señor ¿qué esperanza nos queda?
Y también ¿qué recurso te queda a ti?
¿qué más podías hacer para que escucharan a Jesús y lo siguieran?
No nos vamos a convencer, no nos vas a convencer
lo único que queda es que lo sigamos fiados en su palabra
que como el ciego de Betsaida, nos dejemos guiar por él
y así, sin ver nada, salgamos de nuestros planes.

Sólo nos queda que, tomados de su mano
vayamos fuera de nosotros mismos y de nuestra ciudad.
Sólo allí se nos abrirán los ojos
y seguiremos a Jesús por donde él va
más allá de nuestros caminos
haciendo camino al andar
pues él es el Camino que lleva a la vida
que a nosotros, ciegos, nos parece muerte.

Concédenos, Padre, fe en tu Hijo
para seguirlo de noche
hasta que se haga la luz
cuando tú quieras que amanezca.

Gloria al Padre…
  • Lectura bíblica:  1 Reyes: 18,1-18

Mucho tiempo después -hacía ya tres años- fue dirigida la palabra de Dios a Elías: “Vete y preséntate a Ajab, pues haré caer la lluvia sobre la tierra”.  Partió pues Elías para presentarse ante Ajab. El hambre era terrible en Samaría.  Ajab acababa de enviar a Obadías, administrador del palacio real; ese Obadías tenía realmente  el temor de Yavé.  Cuando Jezabel masacró a los profetas de Yavé, Obadías había tomado a cien de ellos y los había escondido de a cincuenta en cavernas, a donde les llevaba pan y agua. Ajab dijo a Obadías: “Recorre el país, inspecciona todos los manantiales y todos los torrentes. A lo mejor encontramos hierba para mantener con vida a los caballos y a las mulas en vez de sacrificarlos”. Se repartieron pues el país para recorrerlo: Ajab se fue solo por un camino, y Obadías se fue solo por otro. Cuando Obadías iba de camino, le salió al encuentro Elías. Obadías lo reconoció, se echó con el rostro en tierra y dijo: “¿Eres tú Elías, mi señor?”  Este le respondió: “Sí, yo soy. Vete a decir a tu amo que he llegado”.  Obadías le respondió: “¿Qué pecado cometí para que pongas a tu servidor en manos de Ajab? ¡Me hará morir!   Pues tan cierto como que Yavé, tu Dios, vive, que no hay territorio ni reino a donde mi amo no haya mandado buscarte. Y cuando decían: “Elías no está aquí”, hacía que ese reino o ese territorio jurara que no te había visto.  ¿Y ahora tendré que decir a mi amo que tú llegaste?   Mientras te deje para ir a informar a Ajab, el espíritu de Yavé te habrá trasladado quién sabe a dónde, y como no te encontrarán, él me mandará ejecutar. Tú sabes, sin embargo, que tu servidor teme a Yavé desde niño.  ¿No le contaron a mi señor lo que hice mientras Jezabel masacraba a los profetas de Yavé? Escondí a cien profetas de Yavé de a cincuenta en algunas cavernas y les proporcioné pan y agua.  Y ¿quieres que vaya a decir a mi amo: “¡Elías está aquí!?” Ciertamente me matará”.Elías le respondió: “Por Yavé Sabaot, a quien sirvo, hoy mismo yo me presentaré a Ajab”. Obadías fue pues a ver a Ajab para transmitirle la noticia; Ajab fue al encuentro de Elías. En cuanto Ajab divisó a Elías, le dijo:  “¡Ah! Aquí está el causante de la desgracia de Israel!”  Elías le respondió: “No soy yo el causante de la desgracia de Israel, sino tú y la casa de tu padre, porque han abandonado los mandamientos de Yavé y se han vuelto a los Baales.

  • Eco de la palabra
  • Peticiones
  • Padre nuestro
  • Oración

Dios todopoderoso y eterno, que concediste a tu Profeta Elías, nuestro Padre, vivir en tu presencia y arder por el celo de tu gloria, concédenos buscar siempre tu rostro y ser en el mundo testigos de tu amor. Amén.

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