Agricultura de Dios

Javier Quinzá, Junto al pozo

Somos agricultura de Dios, desde el Génesis, donde se sitúa al ser humano en un jardín que el Señor les entrega para que lo cultiven, pasando por los profetas.  La imagen de un Dios que mira con cuidado, cariño y preocupación el crecimiento del pueblo, es una constante.

Jesús que tiene mucho cariño por las imágenes del grano que crece en el campo, nos asegura que El mismo es el sembrador, que siembra buena semilla en la tierra, aunque una pequeña parte caiga fuera del terreno fecundo.

 Dios sembrador, Dios agricultor que se preocupa del crecimiento de su semilla, que surge ella sola, aún cuando dormimos. San Pablo nos asegura que el crecimiento lo da el mismo Dios:” Ni el que siembra, ni el que siega…”

 Dios quiere que demos fruto y fruto abundante y de buenas obras. Y espera de nosotras frutos sabrosos. Dios siembra en nosotras su Palabra, como en María (Mc 4,1ss), que es fecunda y variada. La Palabra de Dios, es la parábola del sembrador, es la que fecunda la tierra; semilla que a todas llega  incluso entre la cizaña. La tierra la abriga y la hace fértil y la lluvia es considerada como bendición de Dios. La buena tierra es la promesa, cargada de posibilidades que encierra riquezas en su seno.

 Las dificultades del terreno no son tan importantes; somos diferentes y tenemos más o menos capacidad. De lo que se trata es de acogerla y esa es nuestra responsabilidad. Las diferencias del terreno son en realidad, los obstáculos, las preocupaciones de cada día, la incapacidad de profundizar de verdad; Pero la mayoría es la tierra buena del corazón, que no encierra, sino que potencia la fecundidad de nuestra pertenencia a la Vida.

 También podemos contemplar la insignificancia multiplicadora de la pequeña semilla (Mt 13, 31ss). Es una cuestión de paciencia y de espera confiada; no podemos medir los resultados por la aparente fragilidad de su Palabra, por el hecho de que no sea escuchada. La semilla de mostaza se hace un gran árbol,   y nos acoge a todos/as. Igual que la imagen de la levadura como la de la sal: un poco de levadura hace subir mucha masa, un poco de sal sazona la comida.

 Demasiadas veces nos parece que necesitamos más de lo que tenemos como cuando santo Tomás le dice al Señor: dos panes y cinco peces… ¿qué son para tanta gente?. Asistimos asombradas a una verdadera multiplicación de nuestras energías en el misterio de la comunión. Debemos ser conscientes de que Dios siembra lo bueno en el corazón, pero el trigo y la cizaña se lo reparten (Mt 13, 24ss).

 ¿Qué debemos hacer? La conversión interior nos ha dejado esta pregunta; y, sólo desde ella se nos recrea un dinamismo nuevo cuando escuchamos no sólo una llamada, sino una verdadera invitación: “¡Ven!” La oímos con claridad y nos preguntamos: ¿Quién es el que me llama? ¿A qué me llama? ¿Dónde deberé ir? ¿Qué cambios en mi estilo de vida consagrada me solicita?. Lo preferido por El es un fruto acabado de la entrega.

 

Deja un comentario